Sin una ciencia económica sólida, los progresistas ganan

economía progresista


Las tareas urgentes de la rutina diaria les imponen una enorme cantidad de trabajo apremiante, y no les queda tiempo para examinar a fondo los principios y doctrinas implicados.(EFE)

La lucha entre los dos sistemas de organización social, libertad y totalitarismo, se decidirá en las naciones democráticas en las urnas. Tal como están las cosas hoy, el resultado en los Estados Unidos determinará también el resultado para todos los demás pueblos. Mientras este país no se haga socialista, las victorias socialistas en otras partes del mundo son de menor importancia.

Algunas mentes muy perspicaces esperan un levantamiento revolucionario de los comunistas, una guerra con Rusia y sus satélites, o una combinación de ambos acontecimientos.

Sea como sea, es evidente que el resultado final depende de factores ideológicos. Los campeones de la libertad sólo pueden ganar si cuentan con el apoyo de una ciudadanía plena e incondicionalmente comprometida con los ideales de la libertad. Serán derrotados si quienes moldean la opinión pública en su propio campo están infectados de simpatías por el programa totalitario. Los hombres luchan hasta la muerte por sus convicciones. Pero nadie está dispuesto a dedicarse seriamente a una causa que a sus ojos sólo tiene un 50 % de razón. Los que dicen: «No soy comunista, pero…» no se puede contar con que luchen rigurosamente por la libertad y contra el comunismo.

En Rusia, en 1917, los bolcheviques sólo contaban con unos pocos miles de hombres. Desde el punto de vista aritmético sus fuerzas eran insignificantes. Sin embargo, pudieron tomar el poder y someter a toda la nación porque no encontraron ninguna oposición ideológica. En el vasto imperio de los zares no había ningún grupo o partido que defendiera la libertad económica. No había ningún autor o profesor, ningún libro, revista o periódico que declarara que la libertad de la regimentación burocrática es el único método para hacer al pueblo ruso lo más próspero posible.

Todo el mundo está de acuerdo en que en Francia y en Italia [1948] el peligro comunista es muy grande. Sin embargo, es un hecho que las mayorías de ambos países son hostiles al comunismo. Sin embargo, la resistencia de estas mayorías es débil, ya que han abrazado partes esenciales del socialismo y de la crítica marxiana al capitalismo. Gracias a esta penetración ideológica de los adversarios del comunismo en Francia e Italia, las posibilidades de los comunistas son mucho mejores de lo que justifica el número de miembros del Partido Comunista.

El problema filosófico implícito

Los que se dedican a los negocios, a las profesiones, a la política y a la edición y redacción de periódicos y revistas están tan absorbidos por los diversos problemas que tienen que afrontar, que descuidan la atención a los grandes conflictos ideológicos de nuestra época. Las tareas urgentes de la rutina diaria les imponen una enorme cantidad de trabajo apremiante, y no les queda tiempo para examinar a fondo los principios y doctrinas implicados. Perplejo por la gran cantidad de detalles y trivialidades, el hombre práctico sólo mira las consecuencias a corto plazo de las alternativas entre las que tiene que elegir en ese momento, y no se preocupa por las consecuencias a largo plazo. Cae en la ilusión de que sólo esta actitud es digna de un ciudadano activo que contribuye con éxito al progreso y al bienestar; la preocupación por las cuestiones fundamentales es sólo un pasatiempo para los autores y los lectores de libros y revistas intelectuales inútiles. En la América democrática, los hombres más distinguidos en los negocios, las profesiones y la política tienen hoy la misma actitud hacia las «teorías» y las «abstracciones» que Napoleón Bonaparte mostró al ridiculizar y abusar de los «ideólogos».

El desprecio de las teorías y las filosofías se debe principalmente a la creencia errónea de que los hechos de la experiencia hablan por sí mismos, que los hechos por sí mismos pueden hacer estallar las interpretaciones erróneas. Prevalece la idea de que una filosofía falaz, un «ismo», por muy vitriólico e insidioso que sea, no puede causar ningún daño grave; la realidad es más fuerte que las fábulas y los mitos; la verdad disipa automáticamente las mentiras; no hay razón para preocuparse por la propaganda de los apóstoles de la falsedad.

No es necesario entrar en una investigación de las cuestiones epistemológicas que implica esta opinión tan extendida. Tal vez baste con citar unas líneas de John Stuart Mill. «El hombre», dice Mill, «… es capaz de rectificar sus errores, mediante la discusión y la experiencia. No sólo por la experiencia. Debe haber discusión, para mostrar cómo debe interpretarse la experiencia. Las opiniones y prácticas erróneas ceden gradualmente a los hechos y a los argumentos; pero los hechos y los argumentos, para producir algún efecto en la mente, deben ser presentados ante ella. Muy pocos hechos son capaces de contar su propia historia, sin comentarios que pongan de manifiesto su significado».1

Aquellas personas que creen que el mero registro de los logros americanos del individualismo económico hace que la juventud de los Estados Unidos esté a salvo del adoctrinamiento con las ideas de Karl Marx, Thorstein Veblen, John Dewey, Bertrand Russell y Harold Laski están muy equivocadas. No logran discernir el papel que desempeña el polilogismo marxiano en la filosofía viva de nuestra época.

Según la doctrina del polilogismo marxiano, las ideas de un hombre reflejan necesariamente su posición de clase; no son más que un disfraz del interés egoísta de su clase y se oponen irremediablemente a los intereses de todas las demás clases sociales. Las «fuerzas productivas materiales» que determinan el curso de la historia humana han elegido a la «clase» trabajadora, el proletariado, para abolir todos los antagonismos de clase y llevar la salvación duradera a toda la humanidad. Los intereses de los proletarios, que son ya hoy la inmensa mayoría, coincidirán finalmente con los intereses de todos. Así, desde el punto de vista del destino inevitable del hombre, dicen los marxianos, los proletarios tienen razón y los burgueses están equivocados. No es necesario, por tanto, refutar a un autor que no esté de acuerdo con las enseñanzas «progresistas» de Marx, Engels y Lenin; basta con desenmascarar su origen burgués y demostrar que está equivocado porque es un burgués o un «adulador» de la burguesía.

En su forma consistente y radical, el polilogismo sólo es aceptado por los bolcheviques rusos. Distinguen entre doctrinas «burguesas» y «proletarias» incluso en matemáticas, física, biología y medicina. Pero el polilogismo más moderado, que aplica la vara de medir «burguesa» o «proletaria» sólo a las ramas sociales e históricas del conocimiento, es respaldado en general incluso por muchas de esas escuelas y autores que se autodenominan enfáticamente antimarxianos. Incluso en las universidades, que los marxistas radicales vilipendian como baluartes de la mentalidad burguesa, la historia general, así como la historia de la filosofía, la literatura y el arte, se enseñan a menudo desde el punto de vista de la filosofía materialista marxiana.

Los principios de las personas comprometidas con el polilogismo marxiano no pueden ser sacudidos por ningún argumento esgrimido por un autor, un político u otro ciudadano sospechoso de afiliación burguesa. Mientras una parte considerable de la nación esté imbuida, muchos de ellos sin saberlo, de la doctrina polilógica, es inútil discutir con ellos sobre teorías especiales de diversas ramas de la ciencia o sobre la interpretación de hechos concretos. Estos hombres son inmunes al pensamiento, a las ideas y a la información fáctica que provienen de la sórdida fuente de la mente burguesa. Por lo tanto, es obvio que los intentos de liberar al pueblo, especialmente a la juventud intelectual, de los grilletes del adoctrinamiento «no ortodoxo» deben comenzar en el plano filosófico y epistemológico.

La renuencia a tratar la «teoría» equivale a ceder sumisamente al materialismo dialéctico de Marx. El conflicto intelectual entre la libertad y el totalitarismo no se decidirá en discusiones sobre el significado de cifras estadísticas concretas y acontecimientos históricos, sino en un examen exhaustivo de las cuestiones fundamentales de la epistemología y la teoría del conocimiento.

Es cierto que las masas sólo tienen un conocimiento muy burdo y simplificado del materialismo dialéctico y de su vástago, la llamada sociología del conocimiento. Pero todo conocimiento de las masas es burdo y simplificado. Lo que importa no es cambiar la ideología de las masas, sino cambiar primero la ideología de los estratos intelectuales, los «highbrows», cuya mentalidad determina el contenido de las simplificaciones que tienen los «lowbrows».

Marxismo y «progresismo»

Las enseñanzas sociales y económicas de los autodenominados «progresistas heterodoxos» son una mezcla confusa de diversas partículas de doctrinas heterogéneas e incompatibles entre sí. Los principales componentes de este cuerpo de opinión fueron tomados del marxismo, del fabianismo británico y de la Escuela Histórica Prusiana. También se tomaron prestados elementos esenciales de las enseñanzas de aquellos reformistas monetarios, inflacionistas que durante mucho tiempo sólo fueron conocidos como «maniáticos monetarios». Y el legado del mercantilismo también es importante.

Todos los progresistas detestan el siglo XIX, sus ideas y sus políticas. Sin embargo, los principales ingredientes del progresismo, excepto el mercantilismo que proviene del siglo XVII, se formaron en ese tan denostado siglo XIX. Pero, por supuesto, el progresismo es diferente de cada una de estas doctrinas, partes de cada una de las cuales se sintetizaron para hacer del progresismo lo que es. . . . Entre los que se llaman a sí mismos progresistas hay ciertamente un número de marxianos consecuentes …. La gran mayoría de los progresistas, sin embargo, son moderados y eclécticos en su valoración de Marx. Aunque simpatizan en gran medida con los objetivos materiales de los bolcheviques, critican ciertos fenómenos que asisten al movimiento revolucionario, por ejemplo, los métodos dictatoriales del régimen soviético, su anticristianismo y su «telón de acero». . .

Muchos destacados defensores del progresismo declaran abiertamente que su objetivo final es sustituir la libre empresa por el socialismo. Pero otros progresistas anuncian una y otra vez que con las reformas sugeridas quieren salvar el capitalismo, que estaría condenado si no se reforma y mejora. Defienden el intervencionismo como sistema permanente de organización económica de la sociedad, no como hacen los grupos marxianos moderados, como método para la realización gradual del socialismo.

No es necesario entrar aquí en el análisis del intervencionismo. Se ha demostrado de forma irrefutable que todas las medidas de intervencionismo traen consigo consecuencias que, desde el punto de vista de los gobiernos y partidos que recurren a ellas, son menos satisfactorias que el estado de cosas anterior que se pretendía modificar. Si el gobierno y los políticos no aprenden la lección que estos fracasos enseñan y no quieren abstenerse de toda intromisión en los precios de las mercancías, los salarios y los tipos de interés, deberán añadir más y más regimentación a sus primeras medidas hasta que todo el sistema de economía de mercado haya sido sustituido por la planificación integral y el socialismo.

Sin embargo, mi propósito aquí no es tratar las políticas recomendadas por los defensores del intervencionismo. Estas políticas prácticas difieren de un grupo a otro. No es más que una pequeña exageración decir que no sólo cada grupo de presión tiene su propia marca de intervencionismo, sino también cada profesor. Cada uno de ellos se empeña en criticar los defectos de todas las marcas rivales. Pero la doctrina que está en la base de las aventuras intervencionistas, la suposición de que las contradicciones y los males son supuestamente inherentes al capitalismo, es en general uniforme con todas las variedades del progresismo y generalmente aceptada sin apenas oposición. Las teorías contrarias están prácticamente proscritas. Las ideas antiprogresistas se representan en caricatura en las conferencias universitarias, libros, folletos, artículos y periódicos. La nueva generación no oye hablar de ellas, salvo que son las doctrinas de los Borbones económicos, los despiadados explotadores y «barones ladrones» cuya supremacía ha desaparecido para siempre.

La tesis principal del progresismo

Las doctrinas que se enseñan hoy en día bajo la denominación de «economía progresista» pueden condensarse en los siguientes diez puntos.

1. La tesis económica fundamental común a todos los grupos socialistas es que existe una abundancia potencial, gracias a los logros tecnológicos de los últimos doscientos años. La insuficiente oferta de cosas útiles se debe simplemente, como repitieron Marx y Engels una y otra vez, a las contradicciones y deficiencias inherentes al modo de producción capitalista. Una vez que se adopte el socialismo, una vez que el socialismo haya alcanzado su «etapa superior», y una vez que se hayan erradicado los últimos vestigios del capitalismo, habrá abundancia. Entonces, trabajar ya no causará dolor, sino placer. La sociedad estará en condiciones de dar «a cada uno según sus necesidades». Marx y Engels nunca se dieron cuenta de que existe una inexorable escasez de los factores materiales de producción.

Los progresistas académicos son más cautelosos en la elección de los términos, pero prácticamente todos ellos adoptan la tesis socialista.

2. El ala inflacionista del progresismo coincide con los marxistas más fanáticos en ignorar el hecho de la escasez de los factores materiales de producción. Extrae de este error la conclusión de que el tipo de interés y el beneficio empresarial pueden ser eliminados mediante la expansión del crédito. Según ellos, sólo los intereses de clase egoístas de los banqueros y usureros se oponen a la expansión del crédito.

El éxito abrumador del partido inflacionista se manifiesta en las políticas monetarias y crediticias de todos los países. Los cambios doctrinales y semánticos que precedieron a esta victoria, que la hicieron posible y que ahora impiden la adopción de políticas monetarias sanas, son los siguientes:

a. Hasta hace unos años, el término inflación significaba un aumento sustancial de la cantidad de dinero y de los sustitutos del dinero. Tal aumento tiende necesariamente a provocar un aumento general de los precios de los productos básicos. Pero hoy el término inflación se utiliza para significar las consecuencias inevitables de lo que antes se llamaba inflación. Se da a entender que un aumento de la cantidad de dinero y de sustitutos del dinero no afecta a los precios, y que la subida general de los precios que hemos presenciado en estos últimos años no ha sido causada por la política monetaria del gobierno, sino por la insaciable codicia de las empresas.

b. Se supone que la subida de los tipos de cambio en aquellos países en los que la magnitud del incremento inflacionista de la cantidad de dinero y sustitutos del dinero en circulación superó a la de otros países, no es consecuencia de este exceso monetario sino producto de otros agentes, tales como: la balanza de pagos desfavorable, las maquinaciones siniestras de los especuladores, la «escasez» de divisas y las barreras comerciales levantadas por los gobiernos extranjeros, no por el propio.

c. Se supone que un gobierno, que no está en el patrón oro y que tiene el control de un sistema de bancos centrales, tiene el poder de manipular el tipo de interés a la baja ad libitum sin provocar efectos indeseados. Se niega con vehemencia que esa política de «dinero fácil» conduzca inevitablemente a una crisis económica. La teoría, que explica la recurrencia de períodos de depresión económica como resultado necesario de los repetidos intentos de reducir los tipos de interés artificialmente y expandir el crédito, se pasa por alto intencionadamente o se distorsiona para ridiculizarla y abusar de sus autores.

3. Así, se da vía libre para describir la recurrencia de los períodos de depresión económica como un mal inherente al capitalismo. Se afirma que la sociedad capitalista carece de poder para controlar su propio destino.

4. La consecuencia más desastrosa de la crisis económica es el desempleo masivo que se prolonga año tras año. Se afirma que la gente se muere de hambre porque la libre empresa es incapaz de proporcionar suficientes puestos de trabajo. En el capitalismo, la mejora tecnológica, que podría ser una bendición para todos, es un azote para la clase más numerosa.

5. La mejora de las condiciones materiales del trabajo, el aumento de los salarios reales, la reducción de las horas de trabajo, la abolición del trabajo infantil y todas las demás «conquistas sociales» son logros de la legislación gubernamental prolaboral y de los sindicatos. Si no fuera por la interferencia del gobierno y los sindicatos, las condiciones de la clase trabajadora serían tan malas como en el primer período de la «revolución industrial».

6. A pesar de todos los esfuerzos de los gobiernos populares y de los sindicatos, se argumenta que la suerte de los asalariados es desesperada. Marx tenía mucha razón al predecir la inevitable pauperización progresiva del proletariado. El hecho de que factores accidentales hayan asegurado temporalmente una ligera mejora en el nivel de vida del asalariado americano no sirve de nada; esta mejora se refiere simplemente a un país cuya población no supera el 7% de la población mundial y además, según el argumento, es sólo un fenómeno pasajero. Los ricos siguen enriqueciéndose; los pobres, empobreciéndose; las clases medias siguen desapareciendo. La mayor parte de la riqueza se concentra en manos de unas pocas familias, los lacayos de estas familias ocupan los cargos públicos más importantes y los gestionan en beneficio exclusivo de «Wall Street». Lo que los burgueses llaman democracia significa en realidad «plutocracia», un astuto disfraz para el dominio de clase de los explotadores.

7. En ausencia de un control gubernamental de los precios, los empresarios manipulan ad libitum los precios de los productos básicos. En ausencia de tarifas salariales mínimas y de negociación colectiva, los empresarios también manipularían los salarios de la misma manera. El resultado es que los beneficios absorben cada vez más la renta nacional. Prevalecería una tendencia a la baja de los salarios reales si los sindicatos eficientes no se empeñaran en frenar las maquinaciones de los empresarios.

8. La descripción del capitalismo como un sistema de negocios competitivo puede haber sido correcta en sus primeras etapas. Hoy es manifiestamente inadecuada. Los carteles de tamaño descomunal y las combinaciones monopolísticas dominan los mercados nacionales. Sus esfuerzos por conseguir el monopolio exclusivo del mercado mundial se traducen en guerras imperialistas en las que los pobres se desangran para hacer más ricos a los ricos.

9. Como la producción bajo el capitalismo es para el beneficio y no para el uso, las cosas que se fabrican no son las que más eficazmente pueden satisfacer las necesidades reales de los consumidores, sino aquellas cuya venta es más rentable. Los «mercaderes de la muerte» producen armas destructivas. Otros grupos empresariales envenenan el cuerpo y el alma de las masas con drogas que crean hábito, bebidas embriagantes, tabaco, libros y revistas lascivas, películas tontas y tiras cómicas idiotas.

10. La parte de la renta nacional que va a parar a las clases propietarias es tan enorme que, a efectos prácticos, puede considerarse inagotable. Para un gobierno popular, que no teme gravar a los ricos en función de su capacidad de pago, no hay razón para abstenerse de cualquier gasto beneficioso para los votantes. Por otra parte, los beneficios pueden aprovecharse libremente para aumentar los salarios y bajar los precios de los bienes de consumo.

Estos son los principales dogmas de la «heterodoxia» de nuestra época, cuyas falacias debe desenmascarar la educación económica. El éxito o el fracaso de los esfuerzos por sustituir las ideas sólidas por las no sólidas dependerá, en última instancia, de la capacidad y la personalidad de los hombres que pretendan llevar a cabo esta tarea. Si faltan los hombres adecuados a la hora de la decisión, el destino de nuestra civilización está sellado. Sin embargo, aunque se disponga de tales pioneros, sus esfuerzos serán inútiles si se encuentran con la indiferencia y la apatía de sus conciudadanos. La supervivencia de la civilización puede verse comprometida por las fechorías de dictadores, Führers o Duces individuales. Sin embargo, su preservación, reconstrucción y continuación requieren el esfuerzo conjunto de todos los hombres de buena voluntad.

Extractos de un memorando (1948) dirigido a Leonard E. Read, fundador y presidente de la entonces recién creada Fundación para la Educación Económica; publicado anteriormente sólo en traducción al español.