EEUU con más inflación; Argentina mira de reojo y reza que sea temporal


En mayo, el incremento de los precios en EE.UU. refleja el segundo tiempo de influencia del encarecimiento de la energía, con una suba de 28% interanual en el rubro; la mayor desde abril de 1980 cuando el mundo se debatía en la crisis del petróleo. Tampoco ayudaron el mes pasado las alzas en los precios de los alimentos, que fruto de la salida acelerada de la crisis del covid-19, llegó al 2,2% interanual. Combinando ambos factores de presión inflacionaria, los efectos de las alzas en la energía y los alimentos provocaron una tasa de inflación subyacente que alcanzó el 3,8%, el nivel más elevado desde 1992.

Por ahora las autoridades monetarias de ese país son prudentemente optimistas, y relacionan los incrementos a factores estrictamente estacionales. En su última reunión, el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la Reserva Federal atribuyó el repunte de los precios a “factores transitorios”, insistiendo en su compromiso de no subir los tipos de interés hasta que las condiciones del mercado laboral hayan alcanzado niveles “consistentes” con lo que la Fed considera “pleno empleo” y hasta que la inflación no solo alcance el 2%, sino que esté “en camino” de superar esa cifra “moderadamente” durante cierto tiempo. Ahora se espera el mensaje de la Fed con respecto a la evolución de su política monetaria ante lo que podría ser un recalentamiento de la economía de los Estados Unidos. Y, en consecuencia, algún indicio sobre lo que podría suceder con la tasa de interés.

Si la entidad considera que lo que continúa afectado a la economía de ese país son factores estacionales como el alza del petróleo, la continuidad de la recuperación acelerada de la economía norteamericana a partir de la velocidad en la vacunación (proceso reflejado en el alza de los precios de los alimentos) y algún otro reflejo sectorial vinculado con factores puntuales; es posible que la Fed decida mantener los tipos de interés actuales sin alteraciones que afecten el ritmo de recuperación de la economía. Es lo que defiende también el gobierno de Joe Biden, cuya secretaría del Tesoro es manejada por la mismísima Jannet Yellen.

La extitular de la Fed es defensora de la estabilidad en los intereses de los bonos a 10 años, y de la previsibilidad monetaria. Más cuando se trata de momentos de condicionalidades extraordinarias como es, obviamente, la salida de una pandemia. Puede presumirse que la funcionaria, en el fondo una heterodoxa defensora del potencial industrial y de la economía real como factor clave de la recuperación de las economías en crisis (una keynesiana moderna), es también realista en su visión que para fortalecer ese espíritu desarrollista también es necesario eliminar cualquier atisbo de transformación de una inflación de costos en un proceso estructural de alza de precios.

Se supone que Jerome Powell coincide con la visión; con lo cual habrá que esperar a los índices de inflación de junio y julio para saber si se está en un proceso de contracción inflacionaria fruto de la paulatina estabilización de los factores que impulsaron su alza en los tres meses anteriores, o si la presión comienza a afectar al resto de los sectores estratégicos de la economía. Si este es el caso, y se entiende que gran parte de la presión se debe a la recuperación acelerada del mercado privado de los Estados Unidos fruto de la salida rápida y algo desordenada de la pandemia; no deberían sorprender movimientos alcistas en las tasas de interés para el segundo semestre del año.

Hay algo en lo que coinciden tanto Powell como Yellen: no dejarán que el dólar pierda fuerza y vigor frente al euro, el yuan y el resto de las monedas fuertes internacionales, ya que consideran públicamente que gran parte de la apuesta de recuperación de la economía real norteamericana, se basa en mantener la competitividad de la moneda doméstica. Y si para esto habrá que forzar una baja rápida en la velocidad de recuperación de la demanda interna, será una medida a estudiar seriamente. Esto encarecería las condiciones de toma de dinero en el mundo, afectando fundamentalmente a los países en desarrollo que buscarán acelerar sus necesidades de financiamiento voluntario externo desde el segundo semestre del año.