Barcelona ¿La ciudad del ‘no’?, por Joan Tapia


Anna Gener, una directiva entusiasta de la ciudad que forma parte del Comité Editorial de este diario, comunicó la semana pasada unas reflexiones que la preocupan: Barcelona sigue siendo una gran marca, pero corre el riesgo de convertirse en la ciudad del ‘no’ a la innovación y a la colaboración entre el sector público y el privado.

Querer superar el grave drama de la escasez de viviendas de alquiler a precios razonables obliga al esfuerzo conjunto del sector público, que tiene suelo, y del privado, que sabe el oficio. Sin embargo, las iniciativas municipales han ignorado a los empresarios del sector. El resultado está a la vista.  

El proyecto de la filial del Hermitage de San Petersburgo tampoco ha salido. No sé si soy partidario porque sus promotores han explicado más el envoltorio (bonito) que la sustancia. Pero si es un proyecto privado que no pide subvenciones el ayuntamiento -localización aparte- poco debe objetar. Si no funciona, peor para el inversor, y en el no municipal hay un antipático deje de dirigismo cultural. Otra cosa es la pelea sobre competencias urbanísticas entre el puerto de Barcelona -hincha del proyecto y donde manda JxCat- y el ayuntamiento. Ya en otro tiempo el hotel W de Ricardo Bofill tuvo que perder algunos pisos para el visto bueno municipal. Pero si el ayuntamiento se enreda, crecerá el mantra de la ciudad del no. 

Y no solo falta empatía con el sector privado, lo contrario de lo que permitió el éxito de la Barcelona del 92, sino que el recelo también alcanza a equipamientos de futuro como el aeropuerto. Durante años Barcelona (y Catalunya) se han quejado amargamente de la falta de inversiones que iban a Madrid. Ahora el aeropuerto está cerca de alcanzar su límite y debe ampliarse. Aena propone, desde 2019, fuertes inversiones en el aeropuerto de Madrid -que ya tiene más capacidad- y en el de Barcelona.

La ampliación de Madrid es fácil y nadie se opone. La de Barcelona es más complicada por su impacto ambiental. Pero, de entrada, la reacción de la mitad del equipo municipal huele a un no por principio. ¿Le conviene a la ciudad tener menos conectividad con el mundo que Madrid o Milán? Esta es la pregunta fundamental.

Perder conectividad queriendo inventar aquí la sopa de ajo sería grave, pero peor es la tentación a decir que no a propuestas de futuro cuando el gran éxito de la ciudad ha sido saber abrazar los desafíos de futuro como los JJOO del 92 y las exposiciones universales de 1888 y 1929. ¿Podemos permitir ahora -tras tantos años de lamentos- que el aeropuerto de Madrid siga creciendo mientras aquí dudamos en la respuesta?  

No sería justo -parte de la ciudad lo hace- responsabilizar de todo a la alcaldesa Colau, pero la última encuesta del propio ayuntamiento dice que el segundo problema de los barceloneses -menos que la seguridad, pero más que el paro- es la gestión municipal. Y la alcaldesa, que remonta algo su imagen, pero saca menor nota que Ernest Maragall (ERC) y empata con su socio Jaume Collboni (PSC), debe tomar nota.

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Faltan casi dos años para las elecciones municipales y los principales grupos -‘comunes’, PSC, ERC y JxCat- deben empezar a explicar sus proyectos. Lo primero es que afrontar el futuro desterrando las tentaciones de la ciudad del ‘no’. 

Luego, lo cierto es que -salvo sorpresa mayúscula- el próximo alcalde, o alcaldesa, deberá encabezar un gobierno de coalición para lo que será esencial la capacidad de pacto y colocar, por encima de todo, solo los intereses de la ciudad.