Biden en Europa, por Joan Tapia


La alianza entre Estados Unidos y los países europeos ha sido un factor fundamental del orden mundial desde el fin de la segunda guerra en 1945. Cuando en 1949 se crea la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte, se hace sobre la premisa de que el fin de la guerra mundial habría sido distinto sin la intervención de los Estados Unidos. Y que las democracias europeas necesitaban la protección americana frente a la posible agresión de la estalinista Unión Soviética.

Hoy suena a túnel del tiempo, pero una Europa dominada por Hitler fue el gran peligro en los primeros 40. Y que Stalin pudiera controlarla -como había hecho con Polonia o Checoslovaquia- era entonces la pesadilla de muchos lideres europeos. Aquel mundo dejó de existir hace mucho. La Unión Europea es desde 1958 un proyecto andante -ambicioso y difícil- pero en progresión más o menos dinámica. Stalin murió en 1953 y la URSS desapareció en 1989. Y en las últimas décadas China se ha convertido en una gran potencia económica y militar. 

Pero la cooperación entre los países democráticos de las dos orillas del Atlántico -plasmada también en la liberalización del comercio mundial y el nacimiento del G-7, que reúne a las siete grandes economías- ha seguido intentado condicionar y gestionar la marcha de un mundo en constante transformación. En la década de 1970 los siete países del G-7 (Estados Unidos, Canadá, Japón, Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia) eran el 80% del producto bruto mundial. Hoy, debido sobretodo al crecimiento de China y los países asiáticos, son solo el 40%. 

Por otra parte, en los cuatro años de Trump y su ‘America First’, los Estados Unidos han cambiado de actitud, alentando el proteccionismo y la crítica a organizaciones internacionales como la ONU y la OMS. También han puesto en duda la utilidad de la OTAN y tratado a los países europeos como competidores desleales y al mismo tiempo parásitos de la protección americana. Trump ha exhibido desconfianza en las democracias y una extraña afinidad con dirigentes autoritarios como Putin o Erdogan.

De esta forma la agenda de los graves problemas mundiales, que no son solo los del terrorismo y los estados que los amparan sino también las desigualdades, los frágiles acuerdos de desarme y el cambio climático, se hizo más explosiva. El mundo necesitaba más cooperación -e incluso un embrión de gobierno mundial- pero se deslizaba por la pendiente del nacionalismo y el proteccionismo. Y el presidente de la primera potencia mundial era el supremo agitador.

La elección de Biden, afortunadamente, ha cambiado las cosas. Trump solo era juzgado de forma positiva por el 17% de los ciudadanos de las 12 primeras economías del mundo. Biden lo es ya, detrás de Merkel, por el 75%. Y en este contexto Biden hace a Europa su primer viaje al exterior. Su objetivo es restaurar las relaciones de confianza entre los estados del G-7, de la OTAN y con la UE para que los países de tradición democrática (que hoy pesan menos en la economía mundial) no pierdan la capacidad de hacer un frente unido ante los problemas mundiales.

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Y el primer desafío común es el de las relaciones con Rusia, potencia militar expansionista (por eso se verá con Putin), y con China que en pocos años será la primera potencia económica. Y ninguno de los dos evoluciona hacia el respeto a los derechos humanos.

El viaje de Biden a Europa abre la posibilidad de reconstruir la alianza para orientar el mundo hacia el progreso sin perder la democracia. No es poco.