El recibo de la luz, por Jordi Alberich


La complejidad añadida del nuevo recibo de la luz ha causado una enorme controversia al coincidir, además, con un incremento notable del precio de la energía, consecuencia de la mayor demanda que conlleva la recuperación económica. Una confusión aún mayor sobre una cuestión que, por su propia personalidad, resulta muy enmarañada. 

El pecado original del asunto reside en una realidad aún insoluble para la ciencia: la electricidad no se puede almacenar. Por ello, su capacidad de producción y su red de distribución deben adecuarse a los picos de demanda, que fluctúan mucho en función de la franja horaria. Así, se ha implementado una nueva factura que, soportada en las nuevas posibilidades de los contadores digitales, discrimina el precio de la energía en función de la hora en que es utilizada. Con ello se pretende un doble objetivo.

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De una parte, el favorecer la transición verde, pues si reequilibramos los consumos a lo largo del día no será necesaria tanta capacidad de generación eléctrica, pudiendo favorecer, asimismo, un mayor recurso a las energías alternativas. De otra, el reducir el monto de la factura, al poder desplazar consumo doméstico a las franjas horarias de  precio más reducido. A su vez, el menor coste también vendrá de los contadores de doble potencia, que permiten adecuarse a las necesidades reales de cada momento.

En principio el planteamiento resulta perfecto, pero surgen muchas dudas acerca de su sentido pues, hoy, el consumo eléctrico que podemos desplazar a las noches y fines de semana es muy reducido y, además, de no estar atentos, podemos aún pagar un poco más de lo que ya veníamos haciendo. Otra cosa será si, en unos años, la domótica evoluciona y, a su vez, podemos recargar, en horario nocturno, los coches eléctricos, un vehículo hoy sólo al alcance de una minoría acomodada. De momento, lo que sí tenemos es una factura eléctrica aún más imposible de entender. Y la exigencia de estar atentos a la misma. Una buena distracción para los ciudadanos.