La defensa europea, a debate en la UE





La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciará este miércoles su segundo discurso del Estado de la Unión. Von der Leyen pasará revista a un año marcado por la pandemia del coronavirus, pero también por la recuperación económica, y se espera que revele algunas de las vías de actuación del Ejecutivo comunitario para el nuevo curso.

Además, la retirada de Estados Unidos de Afganistán ha vuelto a poner el foco en dos carencias de la Unión Europea: la falta de una política migratoria común y la ausencia de una verdadera política de defensa europea.

Bruselas ha vuelto a insistir en la necesidad de un pacto migratorio para abordar la posible llegada masiva de refugiados afganos. Por su parte el representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, el español Josep Borrell, argumentó que la UE necesitaría dotarse de una «fuerza rápida», con unos 5.000 efectivos, capaz de llevar a cabo misiones como la evacuación de los extranjeros y los colaboradores afganos de Kabul.

De la «autonomía estratégica» a la defensa común

Bruselas quiere impulsar la llamada “autonomía estratégica”, es decir, que la UE deje de depender de otras potencias en materia de defensa o de producción de suministros básicos (por ejemplo, vacunas o material de protección sanitaria, artículos que deberían producirse en suelo europeo, como ha puesto de manifiesto la pandemia). 

La derrota de EE.UU. en Afganistán, que se suma al giro estratégico que desde hace años ha emprendido Washington hacia el Pacífico y al interés de la administración Biden en invertir en su propio país, han puesto de nuevo de moda el debate sobre la necesidad de una defensa común como parte de esa «autonomía». 

Estados Unidos ha decidido primero resolver sus problemas y que los europeos se las apañen

«Estados Unidos ha decidido primero resolver sus problemas y que los europeos se las apañen. Lleva desde comienzos de la Segunda Guerra Mundial guardándoles las espaldas. Es como otorgarles una mayoría de edad», explica a RTVE Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la Universidad Complutense de Madrid e investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales. 

«Todos los europeos saben que se tienen que ocupar de su seguridad, han recibido ya un montón de indicaciones», subraya por su parte Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano y experto en seguridad y defensa, para quien este debate no es nuevo. «¿Cómo nos encargamos de nuestra propia seguridad? Ahí empieza el problema de la UE, donde a diferencia de EE.UU. hay distintas percepciones de la seguridad». 

Arteaga considera que la defensa territorial seguirá garantizada dentro de la OTAN, pero que la UE se va a ver obligada a intervenir en diversos ámbitos ante el repliegue estadounidense. Es el caso de la «gestión de crisis«, como por ejemplo la intervención para combatir a los grupos yihadistas en el Sahel, una operación que lidera Francia; o la protección de la población europea para evitar atentados, ya sea con cooperación policial y judicial, o mediante acciones militares. «Esto lo tendrá que hacer la UE sola, probablemente, porque EE.UU. no va a tener interés».

Falta de consenso para un ejército europeo

La defensa común, sin embargo, no depende de las instituciones de la UE, sino de la cooperación entre estados. La creación de una fuerza militar de titularidad europea es un tema polémico porque afecta directamente a la soberanía nacional, y hasta ahora nunca se ha llegado a un consenso.

«Esta idea del Ejército Europeo se ha hecho oficial muy pocas veces – relata Arteaga – El último año con la administración Trump, en el peor momento de las relaciones, hablaron Angela Merkel y Emmanuel Macron de algo así. La idea se ha defendido desde la Comisión. El anterior presidente, Jean Claude-Juncker, lo hizo. Los países que tienen capacidad y tradición militar quieren mantener la política de defensa como intergubernamental y lo último que quieren es crear una fuerza que dependa directamente de un comisario de Defensa o que tenga que movilizarse con autorización del Parlamento europeo. Quieren que se les encargue a ellos esa acción militar, como está previsto en el tratado de la UE, o que se canalice bien a través de la OTAN o de una coalición de estados de la UE y de fuera, como Reino Unido».

Los países que tienen capacidad y tradición militar quieren mantener la política de defensa como intergubernamental y lo último que quieren es crear una fuerza que dependa directamente de un comisario de Defensa

Las distintas posiciones dentro del Consejo Europeo pueden resumirse en tres: la de los grandes estados que no quieren ceder sus atribuciones en Defensa (como Francia, Alemania o Italia); los países neutrales (Irlanda, Suecia o Austria) que no desean que la UE tenga una dimensión militar que pueda comprometerles; y la de los pequeños estados (Chipre, Malta) que desearían dejar su defensa en manos de Bruselas.  

Por lo tanto, en su discurso del Estado de la Unión «la presidenta de la Comisión no tiene más remedio que hablar de defensa europea en términos vagos«, cree Arteaga. 

España está junto a esos grandes países que se ofrecen a intervenir cuando la UE lo requiere, pero en misiones constituidas por las fuerzas armadas de los países miembros, no por un inexistente ejército europeo. «Si algún día considera que ha llegado el momento de que se haga, España lo hará. España lo que quiere es tener peso, influir en las decisiones, pero la decisión tiene que venir de los propios gobiernos». 

Bloqueo en la UE a la hora de intervenir

Ni siquiera un objetivo mucho más modesto, como el de contar con una «fuerza rápida», como insinuaba Borrell, ha funcionado, según Arteaga.

«La fuerza rápida ya existe, pero en unas condiciones muy complicadas de activación. En el objetivo de capacidades militares de la UE figuraba una fuerza de 60.000 hombres que se descartó. Luego la sustituyeron los battle groups [grupos de batalla] formados por los estados miembros para armonizar capacidades nacionales y familiarizar a los estados con estas misiones. Pero cada vez que se ha intentado activar, como en la retirada de Afganistán, han aparecido problemas. ¿Quién paga la misión? ¿Y si no va bien, quién rescata? ¿Y cómo se asegura el relevo si la situación se alarga?. Si los estados tienen problemas internos, o hay elecciones, o la misión es difícil, al final se decide no hacerlo, y la UE se ve bloqueada«. 

Ferrero-Turrión cree que lo más probable es que una mayor aportación de los socios europeos a su propia defensa se traduzca en una mayor aportación a la OTAN. «Otra cosa es que pongamos en cuestión el modelo de política de defensa desde la Segunda Guerra Mundial, sostenido desde el multilateralismo en el marco de la OTAN. O hay que tener más implicación en la OTAN o buscar un modelo alternativo, ese va a ser el debate en los próximos meses». 

En una entrevista con RTVE, el secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg, daba la bienvenida a «cualquier esfuerzo europeo mayor en defensa» pero siempre que no sustituya a la OTAN. «Cualquier intento de desarrollar alguna alternativa a la OTAN no es bueno y debilitará el vínculo transatlántico», aseguraba. 

Los otros retos de la UE: inmigración y cuestionamiento de la democracia liberal

La profesora Ruth Ferrero-Turrión señala otros retos a los que la UE no puede enfrentarse militarmente, y que también están lejos de afrontarse de manera común. Uno de ellos es una política migratoria «que comulgue con los valores propios de la UE», en palabras de la investigadora de la UCM, una necesidad más acuciante ante la posibilidad de que una ola de refugiados afganos alcance las fronteras europeas. 

«Muchos socios no apoyan una política migratoria compatible con los derechos humanos, se sigue apostando por la externalización y la ‘securitización’. Me temo que no va a haber alternativa», se lamenta. 

Para Ferrero-Turrión, una de las principales amenazas no es externa, sino que se origina dentro de las propias sociedades europeas. «Se está poniendo en cuestión modelo democracia liberal y estado de derecho que se construye desde finales del siglo XIX en Europa. Tiene que ver con una ausencia de autocrítica de los partidos socialdemócratas y de la democracia cristiana en el proceso de construcción europea, desde el minuto cero. Se reivindican figuras sostenidas sobre la supremacía del hombre blanco heterosexual, no se pone en cuestión una visión racista y cristiana que está en el origen de la UE. Eso da buena cobertura a determinados posicionamientos políticos que cuestionan avanzar en el proceso político». 

«Primero hay que poner orden en casa y luego ya veremos. Tenemos que replantear qué tipo de Europa queremos construir, sobre qué bases, valores y derechos», advierte.