La épica apuesta de Villeneuve para romper con la maldición de Dune





Adaptar la gran epopeya de Dune, el clásico de la ciencia ficción escrito por Frank Herbert, es ya en sí una odisea. El proyecto estuvo en manos del artista surrealista chileno Alejandro Jodorowsky en una imposible obra que contaba con Salvador Dalí y Mick Jagger, pero que no llegó a salir adelante, mientras que la adaptación de David Lynch con Sting como villano, que el propio director consideró su «gran fracaso», fue un descalabro en taquilla.

A pesar de semejantes precedentes, el director canadiense Denis Villeneuve, ya encumbrado en el altar de la ciencia ficción por sus Blade Runner 2049 y Arrival y gran fan de la obra, se atrevió a adaptarla con una ambiciosa apuesta. Su Dune, con un inacabable plantel de estrellas encabezado por Timothée Chalamet, Oscar Isaac, Rebecca Ferguson, Zendaya y Javier Bardem, es un espectáculo visual apabullante, que pretende ser el épico inicio de una nueva saga fantástica (aunque no hay ninguna continuación confirmada).

Sin embargo, todo este mastodóntico envoltorio, al que contribuye la quizá excesiva banda sonora de Hans Zimmer, le queda demasiado grande a una historia meramente introductoria, que no termina de profundizar en los grandes temas que planteaba Herbert en su libro, y que aquí se trasladan a una hipotética segunda parte. La reflexión sobre el colonialismo, la crisis climática, el fundamentalismo político o la religión y el concepto de mesías aparecen en la película, pero a pesar de sus 155 minutos de duración Villeneuve no quiere o no puede desarrollarlas a fondo como sí hizo de manera redonda con Arrival y, en aquel caso, sus reflexiones sobre la comunicación y el lenguaje.

Con un presupuesto de casi 140 millones de euros, la construcción del universo es impecable. El bello desierto, la arquitectura minimalista y, en general, todo el diseño de producción de Patrice Vermette son exquisitos. Pero la historia que se cuenta en este mundo resulta fría, sombría y demasiado seria para una filme que pretende cautivar al gran público y convertirse en una saga a la altura de Star Wars o El señor de los anillos. Gran parte del éxito de aquellas obras se debía al carisma y el humor que desprendían sus protagonistas, algo que no ocurre en Dune.

El film se sitúa más allá del año 10.000, en un inhóspito planeta llamado Arrakis y que se conoce con el sobrenombre de Dune. Cubierto por infinitos desiertos, su valor está en la especia, un codiciado material que permite alargar la vida y viajar por el espacio. El problema de la especia es que aquellos que la extraen se deben enfrentar a los monstruosos gusanos del desierto, que pueden medir 400 metros de longitud y cuya imagen se ha convertido en el icono de la saga.

El emperador del universo conocido decide arrebatarle el control del planeta y sus riquezas a los Harkonnen para otorgárselo a la Casa Atreides, en una estrategia envenenada que pondrá a prueba el valor del heredero Paul Atreides (Chalamet), que arrastra una pesada carga emocional. A la compleja trama de luchas de poder familiares y planetarias se añade la cuestión de si Paul es realmente el elegido, el mesías que el pueblo nativo de Arrakis, los Fremen, esperan durante años con devoción para guiarles en su liberación.

Primeras imágenes de ‘Dune’, la esperada adaptación de Denis Villeneuve del universo de Frank Herbert

Chalamet, el héroe improbable

La versión de Lynch, que su película de 1985 condensó todo el argumento del primer libro, terminó siendo un confuso batiburrillo de nombres y lugares, lo que, aderezado con unos efectos especiales que rozaban lo ridículo, contribuyó a crear uno de los fracasos más sonados de la historia del cine. En el Dune de Villeneuve ocurre lo contrario. Su adaptación solo recoge la mitad del primer libro, con lo que deja en suspenso algunas de las partes más interesantes de la historia, como la metamorfosis de Paul en el profeta-líder de los Fremen y su batalla, no solo física sino filosófica, contra las fuerzas de los Harkonnen y el emperador. 

Esta adaptación introductoria se hace patente también en la presencia de los actores. Con un elenco de ensueño, que reúne a buena parte de las estrellas del momento, algunos de ellos tan solo aparecen algunos minutos a la espera de la segunda parte. Es el caso de Javier Bardem, líder de los Fremen, y Zendaya, quien apenas pronuncia unas pocas líneas en la película.

Chalamet es quien concentra la mayor parte de los minutos de metraje. El joven francoestadounidense, quien saltó a la fama en 2017 por su papel en Call me by your name, fue una arriesgada apuesta de Villeneuve para el papel de protagonista. Pálido y delgado, alejado del prototipo de héroe de acción, muchos cuestionaron su idoneidad para este rol, pero la película se amolda a su personaje, que él borda y dota de su propia personalidad. Sobresalen también Rebecca Ferguson, la madre de Paul y Stellan Skarsgård, quien da vida al perfecto villano, el barón Harkonnen.

‘Dune’ revoluciona la Mostra de Venecia

Dune: «Una predicción del siglo XXI»

El libro de Herbert, escrito en 1965, es toda una institución en el mundo de la ciencia ficción. Es la obra de este género más vendida de la historia, y su universo inspiró a Star Wars. En ella, el autor británico planteaba una metáfora del colonialismo elaborada en plena descomposición de los imperios: tanto Harkonnens como Atreides, independientemente de su bondad, explotaban los recursos naturales de los desiertos de Arrakis.

La versión de Villeneuve recupera acertadamente ese espíritu con la secuencia inicial, en la que Chani, el personaje al que da vida Zendaya, se pregunta, una vez marchados los Harkonnens, «¿quién será nuestro nuevo opresor?».

«Cuando Herbert escribió ‘Dune’ estaba retratando el siglo XX, pero el libro se ha convertido en una predicción de lo que ocurriría en el siglo XXI, y por eso es aún más actual», aseguró el realizador durante la rueda de prensa posterior a su estreno en la Mostra de Venecia. Los problemas en la recolección de la especia funcionan como un trasunto de la finitud de recursos en la Tierra, mientras que los Atreides hacen varias referencias a la «energía del desierto» como una velada referencia a una posible energía limpia.

Cuestiones que, de nuevo, son más prometedores temas para una segunda parte que está en el aire, pero que en esta primera película son propuestas que se insinúan pero que no llegan a ningún lado. Villeneuve ha admitido que su película es una primera parte y ha confiado en comenzar a rodar en 2022 si la productora da el visto bueno. Si Dune tiene continuidad y la saga se puede juzgar en su conjunto lo decidirá la taquilla.