Morir a la madrileña


Han pasado 14 meses desde que el coronavirus lo cambió todo y quedan siete días para el punto final del estado de alarma, al menos en España. Próximamente en el resto de Europa. La euforia se ha desatado. En España y casi a la vez en el resto de Europa. Los pasaportes covid verde están a tiro de pendrive, las reservas aéreas para el verano acarician el ‘overbooking’. 

El sismógrafo del último fin de semana registra movimientos acelerados en un mundo que se agrieta entre vítores y muertos. Ya nadie se corta. Solo en Barcelona se desalojaron, la noche del sábado, a 1.200 personas en fiestas y botellones fuera de la ley. La mascarilla es un antifaz. La vacunación, un mantra de la normalidad presuntamente recobrada. 

Cuando llegue la variante india le invitaremos al próximo botellón. Qué más da el contador de contagios y fallecimientos a diario. El eco de la tragedia se mitiga como si no importase. Se ha estrellado otro avión en El Prat, descorchemos otra botella. Hay muchas ganas de liberarse del martirio, la sumisión y el recogimiento. Todo es presunto, nada es cierto. 

15.015 vidas hasta el puente del 2 de mayo

Qué decir del Madrid, de las cañas, las cañas y más cañas, el del tapeo que pone cachondo al cocinero Jordi Cruz, sin que le importen las 15.015 vidas que se ha cobrado el virus hasta este puente del 2 de mayo. Vivir a la madrileña es una juerga, nadie mira a las salas de los hospitales, a las ucis llenas. A nadie, a muy pocos, a casi nadie, se le ocurre el reflejo contrario, el de morir a la madrileña. Pueden preguntárselo a los familiares de los miles de mayores que fallecieron en los geriátricos sin que se les ingresase en un hospital. Pero no les interesa. Prefieren la voz en off de Federico y la orquestra del gran vasallo Nacho Cano para esta versión posmoderna y sucia del ‘Mourir à Madrid’, filme documental de Fréderic Rossif, cineasta del que no podrán dar cuenta –porque seguro que no supieron de su existencia- los cientos de franceses que han disfrutado, durante meses, de esas fiestas prohibidas en la patria de la libertad, la igualdad y la fraternidad. La Puerta de Alcalá, versión Joan Gaspart.

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Las ganas de salir adelante a pesar de la pandemia no es solo patrimonio español. Los hinchas del Inter de Milán invadieron la plaza del Duomo este pasado domingo para conmemorar el fin de los nueve años de reinado liguero de la Juventus (foto). Casi a la misma hora, unos 200 seguidores del Manchester United asaltaban el césped de Old Trafford en contra de la Superliga de Florentino Pérez. 

Fiesta y reivindicación a 1.542 kilómetros de distancia, los que separan la ciudad de Silvio Berlusconi y la del noirlandés George Best, de unos futboleros saturados y (probablemente) vacunados que despreciaron cualquier norma preventiva sin importarles qué riesgos corrían. Una auténtica vergüenza, dirán unos. Quieren divertirse y sentirse libres, les responderán desde el otro lado. Vivir y morir a la madrileña.