Oriol Junqueras I A veces llegan cartas, por Josep Cuní


Van pasando los años democráticos españoles y la derecha persiste en su voluntad de tutela de un Estado al que siente propio y pretende protegido. Por ella, por supuesto. Y no se percata de que, a fuerza de concentraciones y firmas, soflamas y banderas, mítines parlamentarios y mociones callejeras, lo que hace es presentarle débil, cual criatura incapaz de sobrevivir por sí misma. 

Los hechos, tozudos, demuestran todo lo contrario. Que la posible mala salud de España es de hierro. Lo explica su larga supervivencia a pesar de tantos pesares. Unas veces para bien y otras para mal. Y si no, que se lo pregunten a los políticos independentistas catalanes condenados por los hechos de 2017. Presintiendo que retaban a un Estado quebradizo, se encontraron con la respuesta robusta y contundente de un ente superior, que no olvida cuales son los límites que no deben superarse. Y aún hoy se duelen, admiten sorprendidos, que solo buscaban forzar la situación para conseguir un pacto. Y así quedan como ingenuos. A la vista de lo que vino después, repudiable violencia policial del 1 de octubre al margen, tampoco parece que ninguno de los referentes europeos hubiera actuado de manera distinta. La prueba sigue estando en su clamoroso silencio. Un sonido atronador de las normas elementales que unen a los miembros de un mismo, selecto y restrictivo club: el de los Estados. El club en el que, si un día Catalunya logra entrar, probablemente asumirá sus mismas normas y actuará con las mismas formas. Ya lo hace, sin aparente disgusto y aunque sea por obligación, la Generalitat actual en algunos aspectos políticos, económicos y sociales, aplicando normativas fruto de esa entente implícita al poder y de obligada dependencia.

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Es pues, cuando un Estado se sabe y se siente fuerte, cuando puede permitirse buscar la distensión entre sus segmentos enfrentados, trabajar para su reconciliación, potenciar la conciencia colectiva y dar muestras de generosidad, concordia y comprensión. En definitiva, aplicar la magnanimidad. Y así fue como esta grandeza de ánimo, apelada por el presidente español, se convirtió en la palabra del momento.  

Venía a cuento de la carta con la que se inauguraba la semana. Coincidiendo con el saludo cordial en Barcelona entre Pedro Sánchez y Pere Aragonès irrumpía en los medios un texto titulado “Mirando al futuro”, que iba a marcar el relato político a partir de entonces. Lo firmaba Oriol Junqueras Vies (Sant Andreu del Palomar, Barcelona, 11 de abril de 1969) y en él exponía un planteamiento realista del momento crucial. Tuvo su réplica 24 horas después, en otra carta de Jordi Sánchez, compañero de cárcel, lucha e ideales que sirvió para poner en entredicho el compromiso formal de Junts y Esquerra de no seguir incordiándose. Pero el punto de referencia que necesitaba el Gobierno español, el punto de apoyo del Estado para demostrar su magnanimidad y aplicar los indultos, fue el del historiador que sabe que política es pedagogía, como predicaba Rafael Campalans. Y era en aquellos párrafos donde marcaba el nuevo canon para los catalanes que quisieran creerle, como San Pablo escribía sus epístolas a los corintios que querían seguirle. El mismo espíritu que destila el libro del niño que practicaba esgrima, que aparece el lunes y que, no por casualidad, Junqueras ha titulado: ‘Contra l’adversitat’.