Tregua política I Acumulando munición, por Xavier Bru de Sala


Cuádruple situación de tregua. La breve, veraniega, entre Gobierno y oposición. La larga, producto de la estabilidad conseguida por Pedro Sánchez. Y la que no sabemos cuánto durará, que toma el pomposísimo nombre de Mesa de Diálogo, entre La Moncloa y el Palau de la Generalitat, que también propicia, lo quieras o no, la cuarta tregua, entre los miembros de la coalición en el mismo Palau.

La primera, que deberíamos calificar con más propiedad de pausa obligada por el calendario, no sirve para nada. Es una simple parada de cronómetro. En cambio, las treguas largas, pueden aprovecharse para explorar aproximaciones, abrir espacios de colaboración o al menos acotar los de confrontación. Los partidos y, más que los partidos, los estados de ánimo colectivos que los medios de comunicación y las redes contribuyen a forjar, no propician ninguna mejora de la climatología. Si no es previsible un empeoramiento notable a corto o medio, esto no se debe tanto a la voluntad de los contendientes sino al carácter forzoso de estas tres largas treguas. Ya pueden los tres partidos de la derecha, en una mala y extemporánea imitación del aznariano «Váyase señor González», ir silbando la canción del adiós a Pedro Sánchez. No por ello conseguirán acortar la legislatura. Felipe González llevaba diez años al timón y estaba rodeado de escándalos. En cambio, como quien dice, Sánchez acaba de llegar. La mayoría que le apoya no tiene alternativa ni incentivos, que no significa motivos, para hacerlo caer. La oposición sí los tiene, y lleva prisa, pero no cuenta con ninguna posibilidad de forjar una nueva mayoría sin pasar por unas urnas que el calendario y la lógica política sitúan a finales del 2023. La tregua va para largo.

Lo que se llegue a acordar entre los dos Gobiernos, central y autonómico, no les encaminará a un final acordado de las hostilidades

Ahora bien, esto no significa que se acerquen soluciones a los conflictos planteados, sino al contrario. Todos, sin excepción, se dedican a acumular munición para cuando, dentro de unos dos años, se abra la veda de la confrontación. La gravísima crisis del Tribunal Constitucional, la resurrección descarnada del franquismo y la ley de Memoria Histórica que surge ahora para hacerle frente, no para compensar las víctimas, son tan solo la punta del iceberg de la preparación de un choque que pondrá a prueba las costuras de la democracia y la Constitución. Crece el deseo de choque entre una derecha que se refleja tanto en la norteamericana como en la Europa del Este y una izquierda que pretende perpetuarse en el poder a base de no crear problemas en Europa y embridar un poco los propios instintos cainitas. Un choque al que la situación de Catalunya puede servir de excusa y detonante. Un choque que se prepara pero no sabemos si se llegará a producir ni, en caso de fallar los planes moderadores de Bruselas, cuando se producirá.

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Pero seguro que se prepara. Por mucho que las buenas almas y las que se proclaman bondadosas para cargarse aún más de razón, prediquen concordia y colaboración, lo que se llegue a acordar, no entre PP y PSOE, que no será nada de nada, sino entre los dos Gobiernos central y autonómico, no les encaminará a un final acordado de las hostilidades. En esto no cree nadie, y si alguien lo hace ver es porque piensa que le conviene como estrategia para poder decir después que lo han intentado y que no hay manera. No estamos pues ante unas conversaciones de paz para resolver el conflicto sino ante una tregua forzosa que el independentismo aprovecha para acumular munición, o mejor dicho que un sector del independentismo aprovecha para acumular munición contra el otro sector y contra España.

De todos modos, así como es ya predicar en el desierto toda reclamación de pactos entre los grandes partidos para resolver cuestiones de estado, y más vale no hablar de temas sectoriales, la tregua entre el independentismo y Madrid no puede tener como única finalidad acumular munición. La distensión, que ha tardado tanto porque a muchos les ha costado admitir la derrota del 2017, también puede y debe tener efectos positivos en el ámbito del día a día. La laminación del autogobierno proseguirá de forma implacable porque este propósito se encuentra en el ADN de todos los ministerios, pero esto no impide que, a nivel político, el PSOE no esté obligado a combinarla con concesiones que serán munición para el PP, pero de las que saquen algún provecho no solo los negociadores sino todos los catalanes.