Las escuelas y los hospitales necesitan más humor


Lisandro López Herrera es oncólogo y especialista en el sufrimiento humano. Siempre ha considerado que el sufrimiento está asociado a la enfermedad. Las personas que ríen poco o carecen de sentido del humor son mas propensas a padecer enfermedades graves como el cáncer. En estos estudios que se basan en el sufrimiento aparece el humor como una sana forma de escape, de salvación. El humor funciona como un escudo protector ante las enfermedades. López Herrera murió en el año 2017 a los 89 años de edad. Esta entrevista no es reciente y nunca se había publicado en un medio de comunicación.

Graduado en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, que organizaron José María Vargas y José Gregorio Hernández, entre otros muchos científicos, se especializó en una disciplina que ha sido en las décadas recientes cuando se le ha reconocido y se ha comprobado su efectividad: la sicoinmunología. La capacidad del cuerpo de protegerse de enfermedades, pero también de enfermarse al no reaccionar de manera efectiva y positiva ante las contrariedades. López Herrera resumió en el libro La alquimia del sufrimiento su sabiduría práctica y teórica.

La conversación no fue a finales de su vida, es menos reciente. A mediados de los años ochenta pasamos una tarde en su casa. Lamentablemente la grabación se traspapeló y fue a comienzos del siglo XXI cuando el texto llegó en un sobre de manos de una colega. Ha estado colgada en un blog personal, pero la quiero sacar del tintero para que nos demos cuenta de que lo que estamos viviendo no nos debe sorprender. Fuimos acumulando factor que causaron estos tormentosos lodos. No hay que desesperar. Hay mucha esperanza para fortificar el espíritu.

En junio de 1998, López Herrera participó en un seminario sobre La enfermedad, el sufrimiento y el humor en la Universidad Internacional SEK de Segovia. Reiteró que el placer y la alegría permiten aliviar el sufrimiento y de esta manera reducir la aparición y gravedad de enfermedades, como el cáncer.

¿Considera que la humanidad, el mundo, es un campo de batalla, donde los médicos pueden hacer muy poco más que «reparar», en lo posible, a los heridos y volverlos a enviar al frente de combate. Si se modifican las relaciones sociales y se cambia ese entorno, ¿es posible que las enfermedades que aquejan al hombre y de las cuales sabemos que hay muchas que no tienen cura, puedan desaparecer de manera definitiva?

Primero debo aclarar que el campo médico no es el placer, el goce humano, sino el sufrimiento. Sin intención de efectismos patéticos, es obvio que nosotros lo que vemos del ser humano es su sufrir, sus privaciones, sus dificultades económicas, sus frustraciones sentimentales, sus carencias afectivas. Todo eso constituye esa gama infinita del padecer, que es el sufrimiento humano.

A los médicos, en general, les da un poco de vergüenza confesar su interés por el sufrimiento y tratan de traducirlo a un término más mecánico-físico –“estrés”, algo así como pulsión o tensión– para no hablar directamente del “sufrimiento”. Yo sí hablo del sufrimiento. Lo que más me conmueve de mis pacientes, lo que me interesa del ser humano cuando busca alguna ayuda, es su sufrimiento.

 La metodología médica debe incluir, además, el tratar de penetrar en el sentido de los eventos. La patología se compone tanto de los hechos materiales como de sentimientos y fantasías, y comprende tanto lo somático como lo psíquico, tanto lo personal como lo social y cultural. Si el médico, por su preparación actual parcializada y deformada, no está inclinado o no está provisto de recursos más que para ocuparse de una mitad del conocimiento médico, debe saber que existe la otra mitad, pues de otra forma no podría llamarse un médico de seres humanos

La alquimia del sufrimiento. La enfermedad como camino, Lisandro López-Herrera

El nexo que más importante entre el médico y su paciente es, justamente, el sufrimiento. Cuando uno aborda la condición del sufriente, uno encuentra en ese sufrimiento dos vertientes. Una, la que le muestra al médico, que son las manifestaciones de ese sufrimiento en forma de síntomas y de enfermedades. Por ejemplo, cuando un sujeto va al médico porque “le duele la cabeza”, el médico indaga las características de ese síntoma y constata  que al paciente le duele la cabeza los fines de semana. ¡Qué extraño! Le duele precisamente cuando debería estar más descansado, cuando no tiene más obligaciones que cumplir. La otra vertiente tiene que ver con ese sufrimiento y una serie de relaciones que se encuentran entrelazadas con los síntomas, tanto en el tiempo como en el espacio.

Cuando el médico empieza a averiguar qué le pasa a ese hombre los fines de semana, qué pasa en su casa, el paciente le aclara. “¡Ay, doctor, es que usted no sabe lo que es vivir con una suegra ahí metida. Todo lo que hago está mal hecho, lo que digo son tonterías. La suegra todo lo revoluciona. Si me siento a leer el periódico, enseguida aparece: ‘¡Levántate, que vamos a limpiar allí!’. Me hace ver que soy un estorbo en mi propia casa. Para mí la delicia es regresar al trabajo. Me encuentro bien y me siento apreciado por los compañeros, los empleados, las secretarias, mis jefes, mis amistades, los clientes. Estar en casa es un martirio”.

¿No es la enfermedad la que produce el sufrimiento, sino que el sufrimiento produce la enfermedad?

Yo diría que las palabras “sufrimiento” y “enfermedad” están separadas tan solo por los métodos utilizados para el estudio de la medicina. Pero desde el punto de vista humano, sufrimiento y enfermedad son una misma cosa. Uno no podría decir cuándo termina el sufrimiento y cuándo comienza la enfermedad. Están tan incorporados el uno en el otro que constituyen una interacción mutua.

Hay sufrimientos físicos y mentales, espirituales y morales. Estas modalidades del sufrir se imbrican una en la otra. El sufrimiento causa enfermedades físicas y la enfermedad física, a su vez, causa dolores. También causa temores, modifica las emociones y las relaciones con los demás, lo cual causa otras perturbaciones físicas. El sufrimiento y la enfermedad forman una pareja indisoluble. Únicamente por técnicas de estudio se separan.

El contexto en el que se mueve el hombre le produce las enfermedades. Hay unos tres o cuatro tipos de enfermedades que producen mayor número de muertes: los accidentes de tránsito, los infartos del corazón y el cáncer. Las dos últimas ¿se dan por las particularidades sociales de país? ¿Es el medio el que nos enferma?

El medio cultural  influye sobre la manera de enfermarse. El hombre es un recipiente y en ese recipiente van quedando huellas. Primero, sus ancestros que, a través de los engranajes genéticos, actúan desde las generaciones anteriores; luego su pasado, las anécdotas personales, en especial las casi olvidadas de la temprana infancia. Esas molduras se modifican a través de la existencia, con su historia y sus eventos personales.

Las huellas mayores son las que ejerce su hábitat cultural, que depende del momento histórico, del tiempo y lugar en el que vive, de los valores sociales, de los valores relacionales. Los males cardiacos y el cáncer tienen que ver con el ambiente en donde nos desenvolvemos. Por ejemplo, hay un cáncer que podríamos llamar “de los países subdesarrollados”, que es el cáncer del cuello uterino. Lo sufren las mujeres prolíficas, las mujeres que han pasado por muchos hombres, con hijos de diferentes maridos, en las analfabetas, en la clase social más depauperada, con poco acceso a los medios culturales, de poca higiene personal, que viven en obligada promiscuidad y con pocas posibilidades de disponer de aguas servidas y de disposición correcta de las aguas negras.

Lo contrario a eso es el cáncer del colon, que fue lo que le diagnosticaron a Ronald Reagan cuando era presidente de Estados Unidos. Un cáncer muy sofisticado, propio de personas con una alimentación  rica en grasas y muy condimentada, con hábitos de vida muy sedentarios, con poca actividad física, pero con muchas tensiones y mortificaciones emocionales por las grandes responsabilidades y preocupaciones financieras. El prototipo de un cáncer que un pobre está bien lejos de las posibilidades de padecer. Es claro que para la señora Reagan le habría sido muy difícil sufrir de un cáncer del cuello uterino, tan frecuente en las mujeres que subsisten en la pobreza. Las enfermedades como el cáncer están altamente relacionadas con el tipo de vida que lleve la persona.

¿Existirían, entonces, enfermedades profesionales no ya por la exposición a un agente físico o de riesgo traumático, sino la relación psicológica con la profesión?

Ya Freud decía que las actividades más características y definitorias del ser humano eran «amar» y «trabajar». Por consiguiente, la relación con el trabajo influye en el devenir de una persona. En estadísticas que se vienen acumulando desde hace más de 60 años con ex alumnos de universidades del estado de Massachusets se demuestra una relación entre suicidio y cáncer, en las profesiones relacionadas con las humanidades. En ellos se dan más frecuentemente esas patologías que en los estudiantes y profesionales de ciencias.

El grupo que presenta el índice más bajo, tanto de suicidios como de cáncer, son los estudiantes y profesionales de las tecnologías más ajenas al ser humano y a su problemática, como geología, agronomía o veterinaria. Las personas más comprometidas con los conflictos humanos tendrían más probabilidades de enfermarse o de morir de dos formas tan diferentes de manifestar el sufrimiento como el suicidio y el cáncer, que podríamos llamar “enfermedades de la civilización”.

¿Cambiaron los parámetros de la medicina preventiva y la curativa?

Cuando se estudia el sufrimiento por la manera como el hombre interacciona con otros seres humanos, aparece una prevención diferente de la que se ha venido practicando con medidas de higiene. Pero la prevención también debe ser eminentemente individual. Hay que reconocer que la situación de cada uno en la reacción con cada situación es muy personal y muy individual.

No quiero decir que no deben seguir aplicándose las medidas preventivas de carácter colectivo que han sido establecidas por los servicios de salud, sino que una prevención integral debería incluir también los factores más individuales. Muchas veces la persona ha sido desatinada, ha “metido la pata”, se ha comportado torpemente en su relación con otros y la enfermedad, en estos casos, señala su torpeza.

Por ejemplo, un hombre que cometa la indiscreción de vivir una vida doble, teniendo, además, sentimientos dobles, tarde o temprano va a vivir el conflicto. Y puede reventar de manera violenta en forma de enfermedad. Es decir, uno puede ser un indolente, un irresponsable y tener simultáneamente dos mujeres a las que da igual importancia, y no pasa nada. En cambio, un hombre cabal, un hombre apasionado, un hombre lleno de amor, no puede darse el lujo de compartirse entre dos mujeres y es bien probable que la situación le repercuta en forma de infarto del miocardio.

«Estamos muy enfermos, pero no solamente el país, sino el mundo. La prevención del deterioro creciente que se ve venir, como si hubiéramos tomado la pendiente descendente, únicamente se podrá lograr si se cambia la perspectiva entre los seres humanos y su relación con el ambiente»

Uno debe prevenirle para que decida de una vez cuál de las dos va a ser su compañera y alentarle a cortar con la otra, aunque le sea doloroso, por todo lo que la renuncia pudiera implicar. Hay otras situaciones en las que es difícil proteger a las personas, porque uno se da cuenta de que no ha jugado mal, que se ha comportado lo mejor posible, que lo mal armado es la trama social en la que se ha desenvuelto.

Otras veces nos hallamos inmersos en situaciones colectivas de las que no hemos sido autores. Cuando se profundiza en el campo de la prevención, nos damos cuenta de que hay maneras limitadas de evitar enfermedades y que muchas veces los intentos chocan con una trama social o con los desatinos de los conductores de la política o del oportunismo de los poderosos, lo que hace difícil la protección de las personas con una prevención individual.

La miseria y la ignorancia obligadas, por ejemplo, tratándose de personas con pobreza crítica o la iniquidad erigida en sistema, como le ocurre a la obrerita que tiene que complacer al patrón o acostarse con el dirigente sindical para conservar su empleo.

¿A medida que la crisis de un país se profundiza, la población será mucho más proclive a enfermarse, y no sólo por carencia de medios para adquirir las medicinas, sino porque de alguna manera somatizará esa situación social y económica?

Ciertamente. Hay tres maneras de responder al sufrimiento: una es con la enfermedad orgánica, la somatización (enfermarse de una de las enfermedades que conocemos bien y que pueden llevar hasta la gravedad y la muerte). Otra es por un cambio en la percepción y en el comportamiento, con un distanciamiento de la realidad, que sería la enfermedad mental (la locura).

La sociedad exhibe un comportamiento cada vez más aberrante, menos organizado, menos compuesto. Si añadimos el uso de drogas, el abuso del alcohol y la generalización de la agresividad, vemos que el aumento de la destructividad es una respuesta a esta situación de crisis. La gran cantidad de accidentes de tránsito obedece también a una combinación de violencia con una aceleración poco juiciosa, usualmente acompañada de efecto de alcohol o de drogas.

Hay, además una tercera manera de reaccionar al sufrimiento, la llamada sociopatía, las reacciones de la persona en contra de su ámbito social, que es el criminal usual, el hampón, el secuestrador, el asaltante de bancos, el saqueador. Un individuo que acorralado y traumatizado por eventos desgraciados desde su infancia en determinado momento tiene que escoger entre una enfermedad somática-orgánica o una enfermedad mental o una enfermedad social. Estamos muy enfermos, pero no solamente está enfermo el país, sino el mundo. La prevención del deterioro creciente que se ve venir, como si hubiéramos tomado la pendiente descendente, únicamente se podrá lograr si se cambia la perspectiva entre los seres humanos y su relación con el ambiente. Cada vez me preocupa más abordar el problema de la sociología, el problema de la política, el problema de la ecología, como médico me siento cada vez más impotente frente a la enfermedad humana.

¿Ya no se trata solo de conseguir nuevas vacunas, de descubrir nuevos medicamentos, de fabricar nuevos aparatos o de hacer intervenciones quirúrgicas más atrevidas, eso no será suficiente en un futuro próximo, porque es el medio social, la forma como se organiza la vida lo que le produce las enfermedades?

Exactamente. Yo no creo que esa forma de organización sea obligatoria. Creo que debemos tomar conciencia de que nos estamos matando. No es que tenemos la posibilidad de sucumbir en un desastre atómico de repercusiones planetarias, sino que nos estamos exterminando como especie a través de la enfermedad física, mental y social. C

¿Esa visión de la medicina y de la enfermedad es compartida por el universo médico o es una corriente aislada?

Todavía es una corriente. Para lograr el progreso alcanzado mediante la aplicación rigurosa del método científico, la medicina –como otras ciencias– ha debido recurrir a un apartamiento del ser humano. Hoy, muchas de las ciencias están enmendando esta falla y se esfuerzan en lograr otra aproximación al ser humano.

La medicina también hace esfuerzos de ser cada vez más integral, de fundir los factores anímicos con los somáticos, de buscar no solo factores causales, sino también sentido final a los fenómenos vitales. Es claro que dentro de las especialidades médicas hay algunas más apartadas de ese núcleo humano en las que la práctica médica sigue siendo un conjunto más o menos complicado de técnicas, gracias a las cuales se ha logrado dominar algunos aspectos de la enfermedad humana.

La concepción que priva hoy de las enfermedades es una noción integral, que abarca toda la vida del paciente en su medio ambiente físico, histórico, cultural, económico, político, etc. De manera que puede afirmarse que es una corriente médica en expansión en el mundo, aunque todavía tropieza con dificultades metodológicas para su estudio.

Son los grandes consorcios transnacionales, los grandes laboratorios los que deciden qué se debe investigar y qué medicinas se deben elaborar, qué enfermedades les podrían rendir los mejores dividendos. ¿No existe una lucha desigual entre la medicina convencional, que tan buenas ganancias viene produciendo a esos grupos y una que eliminaría los fármacos y la necesidad de aparatos?

Por supuesto, y veremos cómo la medicina pasa a un segundo plano. Cuando el deterioro de la salud llegue a la escala de que estamos hablando, de toda una humanidad enferma, la situación se escapará del ámbito de la medicina y será un problema de política mundial. Esa forma económica de la organización mundial es un síntoma y, a la vez, una causa de la enfermedad.

Somos una aglomeración de seres humanos reproduciéndonos sobre una corteza terráquea cada vez más exigua para la población que sostiene, y que nos vemos en la necesidad de disputarnos unos a los otros con una competencia feroz, que se vale fundamentalmente del Poder (con mayúscula), que tiene tres variantes: militar, económico y tecnológico, que les han permitido a algunos países apoderarse de las mejores tajadas; los que no tienen poder son víctimas de los poderosos que perpetúan y agrandan sus privilegios y ventajas a través de un régimen sacralizado que se llama el Derecho.

Naturalmente, toda situación injusta genera una reacción, y por eso vemos precisamente en este momento cómo ocurren una serie de transformaciones y de eventos mundiales graves, que en el fondo son expresión de una mofa, de un desprecio de los hombres, de los ciudadanos…

¿Es pesimista sobre el futuro?

Al contrario, demasiado optimista. Asistiendo a mis pacientes hice estas reflexiones. Suponía que la ceguera y sordera colectivas eran tan universales que no era razonable esperar cambio alguno, pero los acontecimientos que se han venido sucediendo permiten ver cada vez más claro el sentido de las transformaciones de las reglas de juego que precisan las relaciones humanas.

Tiende a acabarse la hegemonía de los grupos en el poder. Es sobre los valores humanos recíprocamente interrelacionados que tenemos que lograr un entendimiento, y no sobre la base de los poderes. Eso es factible si lo tenemos suficientemente claro y si hubiera suficiente amor y buena voluntad. Si no, el enfrentamiento se hará por las malas.

Plantearse una salida en esos términos, ¿no es irracional?

Sí, pero el cambio que hoy exige la humanidad no es una sustitución de los antiguos privilegiados por otros nuevos, sino una nueva estructura por la que toda la humanidad pueda esperar un futuro. 

¿Y ese mundo aceptable sería un mundo más simple, sin las comodidades y el confort de las sociedades modernas, sin ascensores, sin electricidad, sin nada de eso que ha creado el progreso?

Yo diría que habría que desmontar los absurdos a los que nos ha conducido el endiosado consumismo. Por ejemplo, para regresar del trabajo se tarda hora y media en recorrer 5 kilómetros. Tiene un vehículo porque vive en una comunidad de progreso tecnológico, pero está ansioso de llegar a su casa para ponerse su short e ir al parque a trotar 5 kilómetros de obligado ejercicio diario para mantenerse en forma, para reducir el estrés, para reducir su colesterol y sus triglicéridos. ¿No es absurdo? Debemos volver atrás en lo que hemos hecho mal y mantener el progreso en lo que es positivo. Todo lo que amenace la salud y la dignidad humanas habrá que eliminarlo, aunque afecte muchos intereses.

¿Y ese tipo de sociedad no superpoblará al mundo, porque como no habrá enfermedades, nadie se va a morir antes de tiempo? ¿No van a aparecer nuevos problemas?

El ser humano forma parte de un universo de seres vivos. La vida siempre se ha desenvuelto por una lucha en la que, como lo describieron Lamarck y Darwin, desaparecen los menos dotados y en la que prosperan los provistos de mejores aptitudes. La naturaleza tiende a proveerse de verdaderas élites.

La garantía de mejoramiento continuo en los valores humanos estaría encomendada, según Levi-Strauss, a una función central que desempeña la mujer en esta estructura, la de ser la gran selectora de la especie. Toca a la mujer la selección de los mejores varones, los que podrán garantizarle mejor su vida y la de sus hijos. El acierto de esa selección desaparece y cae en el olvido, por obra de un juicio humano, bien intencionado, pero equivocado: la sustitución de esa selección por un Estado benefactor.

Somos una aglomeración de seres humanos reproduciéndonos sobre una corteza terráquea cada vez más exigua para la población que sostiene, y que nos vemos en la necesidad de disputarnos unos a los otros con una competencia feroz

La mujer no servirá a esa función importantísima y emulará los intereses del varón. Como ya no debe escoger al hombre según sus capacidades y sabiduría para sobrevivir, lo escogerá para el placer, la diversión y el lucimiento. La especie humana se embellece, sí, pero  al mismo tiempo la frivolidad y el hedonismo se enseñorean de las actividades humanas.

Tiende a desaparecer la función del padre dentro del núcleo familiar. Corresponderá únicamente al Estado la garantía de proveer sus necesidades. Esta demolición de los roles humanos y su sustitución por el Estado es un crimen de lesa humanidad, por ser contraria a la esencia humana y a la naturaleza de la vida. Afortunadamente, se observan señales de que el hombre está descontento de la superestructura asumida por el Estado y de su subsiguiente pérdida de individualidad para ser convertido en “masa”.

Aspira, de nuevo, a ser dueño de sí mismo, a volver a ser responsable de escogencias de las que depende la protección de su salud y de su vida, su progreso personal y el de sus hijos. Este cambio reafirmará la solidez de la estructura familiar. Las comunidades volverán a asumir cada vez más importancia en detrimento del papel exagerado usurpado por el Estado.

Nuevamente el hombre de mejor juicio y más prudencia, el de más coraje y vigor y el de más tino y decisión, será el que goce de la mejor salud. La salud será lo que debe ser: el disfrute de la máxima libertad posible dentro del mantenimiento de la seguridad indispensable.

Dentro de ese orden sería preciso desechar los sentimientos de solidaridad, de generosidad que, precisamente, diferencian al hombre del resto de la fauna. ¿Sería dejar que cada quien se las arregle como pueda de una manera muy egoísta?

La civilización Occidental se dice romana y cristiana, pero hay cierto antagonismo entre estas dos concepciones. Cristo preconizó la relación entre los hombres basada en el amor, un sentimiento de atención, de aproximación y de compromiso muy concreto. Los romanos, desconfiando de esta solidaridad basada en sentimientos personales, la fundamentaron sobre el derecho, que supone obligaciones hacia el prójimo basadas en principios abstractos y un prójimo también abstracto, que se convierte en el conciudadano y en la humanidad entera.

Mientras el amor promueve la compañía, el derecho empuja al hombre a la soledad. El amor nos hace individuos, personas; el derecho nos hace masas, pueblo, abstracciones. Se ha pretendido que existe un cemento emocional que consolida estas abstracciones, la llamada «misericordia». Yo sostengo que eso es simplemente un disfraz, una fantasía, para esconder nuestra indiferencia afectiva. Nadie es capaz de un amor infinito y universal. Si nos dicen que se desbarrancó un autobús con 30 estudiantes de la universidad cercana nos duele mucho más que el enterarnos de que en una inundación se ahogaron más de 50.000 paquistaníes. Lo que quiere decir que se ama más a los más próximos.

El amor es realista, existencial. En cambio, la misericordia, el derecho, como todas las estructuras sociales reglamentadas, es distante, cerebral, ideológico

El amor es realista, existencial. En cambio, la misericordia, el derecho, como todas las estructuras sociales reglamentadas, es distante, cerebral, ideológico. Cuando se habla de humanizar las relaciones, de lo que se trata es de recuperar la vida afectiva personal; esto es, la revivencia del individualismo, por encima del colectivismo y del Estadio paternalista.

El individualismo del que hablo significa ser responsable de las propias decisiones, el de escoger libremente. El Estado protector propicia la dictadura de la uniformidad, pertenecer al rebaño. Desde la infancia se va acostumbrando al ciudadano a proceder según ciertas normas de hormiguero, donde no hay dilemas, donde no hay juicio personal, donde no se ven más opciones que las que permite el sistema para garantizar una estabilidad sin riesgos ni sorpresas, sin aventuras individuales.

¿Con la individualidad, nos curamos?

La salud es algo relativamente secundario. En las especies inferiores, un animal herido o enfermo es usualmente dejado de lado, si no es sacrificado, pues representa un obstáculo para los fines de la comunidad. Los humanos, en cambio, cuando alguien se enferma, nos detenemos, lo atendemos. Algunos, que somos los médicos, nos llenamos de amor y afecto por él, precisamente, porque está inválido. Lo acompañamos y tratamos de mejorar su situación. A veces, hasta lo curamos, para que se incorpore a la tarea común del grupo.

La enfermedad expresa un fracaso adaptativo. Es una reducción de potencial llena de mensajes didácticos para el enfermo, pero lo que tiene que hacer una población no es estar pendiente de sus enfermos –para eso están los médicos­–, sino dirigir su atención a sus objetivos individuales y colectivos y llenarse de entusiasmo para lograrlos, con la convicción de que va en pos de un objetivo importante, interesante: la salud, que es lo que constituye un pueblo sano. Estoy convencido de que a medida que se generalice la autoestima, esta energía nos llenará de fe en nosotros mismos y mejorará la salud.

¿Está demostrada la relación entre humor y salud?

La presencia del humor en un enfermo grave es usualmente indicativo de buen pronóstico, aunque no existe todavía un instrumento idóneo para la evaluación cuantitativa del humor. En un estudio realizado en mujeres con cáncer de cuello uterino se pudo constatar que las pacientes que sufrieron cáncer se percibían a sí mismas como tímidas, miedosas y tristes, y que podían ser consideradas como resignadas y sacrificadas, mientras que las del grupo de control que no habían tenido cáncer se describían como alegres, juguetonas y amistosas.

También es interesante constatar que la distribución geográfica del cáncer, se corresponde bastante bien con la de a agresividad –juzgada por homicidios y suicidios– y es inversamente menor en las regiones con más sentido del humor y predisposición al chiste de sus habitantes. En general, en Suiza y en los países nórdicos, así como en los germánicos, los índices de cáncer son mayores que en el Mediterráneo y en los países latinos. Y aunque esta circunstancia se atribuye a la densidad de población, a la industrialización y a la alimentación, en realidad también se constata que existe una gran diferencia de carácter entre esos pueblos.

«La presencia del humor en un enfermo grave es usualmente indicativo de buen pronóstico, aunque no existe todavía un instrumento idóneo para la evaluación cuantitativa del humor»

En un mismo país, las zonas de menor frecuencia de cáncer responden a aquellas que tienen un carácter en el que cuenta más la participación del humor. Por ejemplo, en España hay un claro contraste entre el carácter de los catalanes y el de los andaluces. En Bretaña, al norte de Francia, hay más índices de cáncer y coincide con el carácter más adusto de los bretones. La resignación, la entereza y el estoicismo se consideran las actitudes más propicias para la aparición de esa enfermedad.

Debería potenciarse el buen humor en las escuelas…

Obviamente. Es más, nunca he entendido por qué los maestros tienden a castigar a los niños que se ríen. Generalmente es así. Y suele suceder es que el maestro se siente dolido o enfadado con los niños que ríen, que suelen ser los más listos, lo cual se traduce en ser los más críticos. El humor es una forma de crítica. Es un tipo de respuesta cuando no hay otras respuestas. La risa es la reacción en el límite. Es decir, cuando no es posible la acción se sella la impresión con un reflejo: la risa.

¿Hay alguna diferencia entre el humor masculino y el femenino?

Eso es como preguntar cuál de los dos sexos es más inteligente. Me recuerda un chiste en el que un individuo le dice a su pareja: El hombre es más inteligente que la mujer ¿No lo sabías? Y ella le responde: “¿Sí? ¿Desde cuándo?”.

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